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Messi y Trump: juego de manos, juego de villanos

Opinión

El capitán de la Selección Argentina visitó al presidente de los Estados Unidos en la Casa Blanca y la imagen generó polémica: ¿Una postal inocente o una jugada geopolítica? ¿Saludo o pedido de auxilio? ¿Cuál es el mensaje detrás de ese apretón de manos? Por Sebastián Vaca.


Lionel Messi se dio la mano con Donald Trump. Y el mundo se partió en tres: los que están en contra, los que están a favor, y los que no les importa; que son los más honestos, dicho sea de paso.

Yo me quedé pensando.

Porque, cuando uno ve esa foto, una mano que agarra otra mano, el mejor jugador del mundo saludando al tipo más quilombero del planeta, no puede no preguntarse: ¿esto es inocente? ¿Esto es casualidad?

No, amigos. Nada de esto es casual. Nada.

Yo lo sé desde el 99. Me compré una tabla de skate marca Slayer y tenía grabada una frase del Che Guevara que decía: “Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el enemigo del género humano, los Estados Unidos de Norteamérica”.

Una tabla de skate, señores. En el 99. Ya estaba todo ahí.

 

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En el 2014, en el Mundial de Brasil, Argentina tenía que jugar contra Irán. Messi, en un momento de calentura, hace un chiste. Tira bomba, dice, algo así. Alejandro Sabella, que era un tipo serio, convoca al plantel completo y les explica la situación geopolítica de Irán. El contexto histórico. Las tensiones internacionales. La dignidad de los pueblos.

Messi escuchó. Asintió. Jugaron contra Irán.

El partido fue un bodrio, pero hubo respeto geopolítico.

Algo le entró, pensé yo. Me equivoqué.

Porque ahora me entero de que David Beckham, ex jugador, actual empresario, amigo de Messi, dueño del Inter de Miami, trabaja en realidad para algún departamento de asuntos latinoamericanos futbolísticos con sede en Londres que tiene vínculos con la CIA.

¿Que cómo lo sé? No lo sé. Pero tampoco nadie me puede demostrar que no.

Beckham se hizo amigo de Messi. Amigo. Con visitas, con cenas, con charlas. Y lo convenció de irse al Inter de Miami que, con todo el respeto del mundo, es un club que en el contexto del fútbol mundial es como si yo me fuera a jugar al rugby de Uganda. O al básquet con los Liliputienses. Una cosa que no cierra por ningún lado.

Encima los gringos tienen menos fútbol que Stephen Hawking. Imagínense una hinchada con choripán en la MLS.

¿Por qué haría eso el mejor jugador del mundo? ¿Por qué cambiaría el fútbol más complejo del planeta por la MLS? Guita. Petróleo. Entretenimiento.

Y ahora la foto con Trump. Que no es una foto. Es un mensaje. Es una jugada. Porque detrás de todo gran argentino siempre hay un gran uruguayo, y si mirás bien la foto… ¿quién está atrás? Luis Suárez. Ahí. Callado. Mirando. Como siempre.

Esto está diseñado. Tiene diez años de planificación. Messi en el 2030 puede ser presidente de la AFA, candidato a la FIFA, la cara del Mundial que se juega acá, en Argentina y Uruguay, en casa.

 

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Y Trump, mientras tanto, juega a la PlayStation. Aprieta un botón y bombardea un país árabe. Aprieta otro y firma un tratado. Aprieta otro y le da la mano a Messi. Para él es el mismo juego.

Por eso hay que tener cuidado con quién te das la mano. Porque darse la mano con Messi y Trump es como comerse una pastafrola con chorizo. No está mal. Pero no combina. No combina para nada.

En definitiva, como decía la tabla Slayer en el 99, y como dice la historia cada vez que se repite: los quilombos grandes son siempre por una mina o por guita.

En este caso: guita, petróleo, fútbol y entretenimiento.

Y una mano.

 

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Ah, y una cosa más, que me olvidaba.

El Mundial del 2030. Argentina y Uruguay. En casa. ¿Saben por qué lo van a adelantar? Porque Trump tiene miedo. Miedo de los iraníes. De los turbios que van a aparecer durante el Mundial en suelo latinoamericano. Y porque Estados Unidos se está quedando sin aliados. Sin amigos. Sin isla.

Entonces Trump le da la mano a Messi. Pero no es un saludo. Es un pedido de auxilio disfrazado de foto. Le está diciendo en inglés, sin que nadie lo traduzca: Help me, Leo. Help me.

Y Messi sonríe. Porque Messi siempre sonríe.

Y nadie sabe si entiende. O si entiende todo.

Y una mano.

Que no es inocente.

Juego de manos, juego de villanos.