La explosión del relato libertario y la implosión social de la clase media argentina
Las desventuras de Adorni y las penurias de una economía en crisis. Por Sisto Terán Nougués.
(Foto: sistoteran.substack.com)
Javier Milei llegó al poder imbuido de un relato comunicacional muy fuerte y que demostró ser muy efectivo electoralmente. El eje central de su libreto de campaña era el “combate a la casta”, una metáfora muy bien lograda que implica el anhelo de aniquilar a los sectores privilegiados de la política que se habían enriquecido a expensas del grueso de la población. El discurso lo colocó inmediatamente en una posición moralista severa, y todos sus adversarios quedaron alcanzados de forma fulminante por la sospecha de corrupción.
En paralelo un variopinto repertorio de promesas económicas le brindó un margen de maniobra que le permitió la victoria. La “dolarización” de la economía ilusionó a muchos y jamás se concretó por su imposibilidad fáctica. La “eliminación del Banco Central de la República Argentina” fue un enunciado de campaña que pronto pasó al olvido, y sus férreas intervenciones en los mercados cambiarios son ya de uso habitual.
El experto en crecimiento económico “con o sin dinero”, que tenía en su celular promesas de financiamiento de miles de millones de dólares, tuvo que refugiarse en brazos del otrora insultado Caputo (el endeudador serial al que denunciaba en sus apariciones como panelista televisivo).
El Milei que en televisión consideraba al FMI una entidad maléfica, y que entendía que la mayor inmoralidad política consistía en tomar deuda pública porque eso comprometía las generaciones futuras, desapareció como por arte de magia, para depositar todas sus esperanzas en sucesivos endeudamientos que parecen no tener fin. Y el crecimiento económico prometido va cambiando de semestres sin dignarse a aparecer. En el mientras tanto la sociedad argentina ha aceptado con estoicismo inusual un ajuste brutal cuyos resultados devastadores ya se aprecian a simple vista, a cambio de unos beneficios hipotéticos que nunca llegan. Un salvataje agónico del tesoro estadounidense salvó de momento a la economía argentina de un colapso cambiario que parecía inminente, y la sociedad, asustada ante la cercanía del abismo, le otorgó un nuevo aire al gobierno en las elecciones de medio término.
Honestidad y eficacia económica eran las banderas discursivas libertarias. Las dos premisas se acogieron por parte de muchos argentinos que se abrazaron a la esperanza, y muchos de los cuales se compraron la idea de que los ajustes serían afrontados por la bendita “casta”, concepto informe cuya plasticidad permite meter en la misma bolsa a cuanto adversario real o imaginario exista. Y una parte del electorado nacional toleró indiferente los malos modos, el agravio, y una parálisis de la gestión del Estado nunca vista, todo con tal de dejarle a Milei la posibilidad de empujar hacia ese horizonte prometido.
Pero el relato explotó…
Una explosión es una liberación brusca de energía que destruye la materia, es el fenómeno físico que ocurre cuando la presión interna es tan fuerte que rompe el objeto y dispersa sus fragmentos peligrosamente en múltiples direcciones. Y eso es lo que está pasando en este momento con el relato libertario.
Los dos pilares conceptuales de su mensaje han explotado por los aires.
Ya la gente está perdiendo la paciencia ante las promesas económicas incumplidas, y son en vano las apelaciones del ministro Caputo prometiendo “los mejores dieciocho meses por venir”.
Todas las encuestas, por unanimidad señalan el colapso de la credibilidad gubernamental y la pérdida absoluta de confianza en la posibilidad del oficialismo de revertir el malestar económico.
Pero cuando un objeto explota, siempre hay un punto donde la presión se hizo insostenible hasta ocasionar la explosión. En el caso del gobierno nacional, las presiones derivadas de las internas políticas, los desaciertos económicos, las peleas entre ellos mismos y de ellos contra todos y contra todo, el odio usado como mecanismo habitual de su accionar, etc., todo eso fue configurando un burbujeante caldo de cultivo a la espera de un detonante, ese hecho circunstancial que oficie de mecha eficaz para desencadenar el inevitable proceso.
Y ese detonante tiene nombre y apellido: Manuel Adorni.
La insignificancia del personaje hizo que en mi nota anterior cometiera un error involuntario con su nombre de pila (le llamé equivocadamente Miguel), lo que me fue advertido gentilmente por una lectora. Y me negué tozudamente a escribir en torno a sus merecidas desventuras, porque no quería sumergir el debate en el lodazal hacia el cual parecía nos estábamos deslizando por culpa de un mediocre soberbio.
Además, sus evidentes corruptelas no eran las primeras en las filas libertarias, ni tampoco las más graves desde el punto de vista cualitativo y cuantitativo de los episodios que iban saliendo a la luz. Los casos de la criptoestafa $Libra, las coimas en la Andis, y el narcoescándalo de Espert y Villaverde, por citar los más relevantes, son previos y quizás mucho más graves.
Pero ha sido la conducta de Javier Milei, sumada al incremento del descontento generalizado de la población, lo que ha provocado la detonación. El manejo de la crisis ha sido lamentable.
La historieta empezó el día 10 de marzo de este año, cuando se reveló que la mujer de Adorni había integrado indebidamente una delegación oficial en el avión que trasladó al Presidente a los Estados Unidos, y se había alojado en el hotel de la comitiva como si se tratase de una funcionaria pública. El hecho de que Adorni fuera uno de los principales detractores de todo aquel que haya usado algún privilegio del poder en beneficio propio o de su entorno, usando todo tipo de calificativos agraviantes, lo puso en la mira de los medios de comunicación.
Era un tema puntual, circunstancial, totalmente incorrecto, pero que podía haberse sorteado con algo de habilidad, una pizca de humildad y un poco de inteligencia.
Pero Adorni demostró ser un chapucero de marca mayor. Con una torpeza inigualable sus propios dichos lo fueron sumiendo en un mar de contradicciones y poniendo al descubierto conductas cada vez más reprobables. Usó las más lamentables metáforas como la de “deslomarse” trabajando, lo que solo sirvió para aumentar la irritación pública.
Para colmo empezaron a aparecer nuevos videos, nuevos hechos comprometedores, y, por supuesto, nuevos viajes vacacionales de este trabajador “deslomado”. El final político del funcionario parecía inminente, el vendaval de acusaciones en su contra se fue acumulando, y la historia devino en historieta, la telenovela en sainete.
El concepto político de que los funcionarios son los “fusibles” que saltan y son removidos para proteger al gobierno y al presidente, fue completamente ignorado y desafiado por el oficialismo.
Aparecieron compras de propiedades muy valiosas a precios notoriamente subvaluados, y las incongruencias patrimoniales entre las declaraciones juradas de Adorni y las cuantiosas adquisiciones patrimoniales generadas precisamente a posteriori de su asunción al cargo público, se hicieron pavorosamente visibles.
Pero Adorni es un miembro privilegiado de la “banda mileísta”, y goza de la protección del “jefe”, que a esta altura del partido no sabemos bien si es el Presidente o su hermana empoderada en tal carácter.
La orden vino implacable desde lo más alto del poder. Hay que blindar a Adorni y defenderlo hasta de su propia torpeza. Todo el séquito de funcionarios fue obligado a trasladarse al Congreso de la Nación, encabezados por el mismísimo Presidente de la Nación, para sostenerlo, aplaudirlo de manera vergonzante, y sumarse al coro de insultos que lanzaba Milei desde su palco.
El odio contra el periodismo se expresó de manera contundente, y a los gritos y casi escupiendo con odio, el titular del ejecutivo nacional perdió una vez más toda compostura emocional y trató de “chorros” a unos pobres periodistas, movileros asignados a cubrir el acto, personas que con seguridad tienen serios problemas para llegar a fin de mes con sus magros salarios. El intercambio grosero de insultos con las bancadas opositoras incluyó el epíteto de “asesinos”, en otra demostración de insana violencia repudiable. Y terminaron el acto escénico retirándose triunfales y desafiantes, como un conjunto de mafiosos haciendo alarde de un desprecio importante por todo lo institucional.
Increíblemente creyeron que esa puesta en escena daba punto final al escándalo, no iban a permitir la caída de uno de los suyos, uno de la “banda”. Uso ex profeso el calificativo de “banda” por ser este uno de los vocablos preferidos del mileísmo para referirse a sus adversarios políticos.
Ahora bien, una diputada libertaria, Marcela Pagano, se despachó con una denuncia judicial por enriquecimiento ilícito contra Adorni. Y en el seno de la causa judicial es donde las novedades más promiscuas y penosas empezaron a salir a la luz pública. Un par de jubiladas, una escribana locuaz e irresponsable, viajes de mamis del colegio a Europa en primera clase, estadías en el Llao Llao, fueron jalonando la historieta dotándola de pinceladas grotescas. Y en el seno de esa tramitación tribunalicia es donde este lunes surgió una declaración testimonial que renueva el furor del escandálate y que hace ya ridículamente indefendible el proceder del cuestionado Jefe de Gabinete.
Un contratista declaró y presentó videos y documentación respaldatoria, que Adorni le pagó en efectivo casi un cuarto de millón de dólares para refaccionar una casa recién adquirida en un country en Exaltación de la Cruz. Ya lo mismo había sido detectado en un departamento sospechosamente comprado por el funcionario en Caballito. Al parecer el súbito enriquecimiento inexplicable le permitía comprar onerosos inmuebles, pero el sentido estético de su cónyuge es aparentemente tan refinado que le exige, además, hacer reparaciones integrales de cada nueva propiedad a costos escandalosamente elevados.
Para colmo, según Pagano, Adorni intentó condicionar o coaccionar al testigo y este dato le llevó a solicita a la Justicia la aplicación de la doctrina Irurzun, y peticionó formalmente la inmediata prisión preventiva del funcionario denunciado.
Tanta locura disipó de momento el furor que había causado la documentación que sugestivamente Adorni dejara candorosamente a disposición del Congreso en su circense presentación del miércoles pasado, y que daba pormenores detallados de los gastos extravagantes en que directivos de Núcleo Eléctrica S.A. habían generado utilizando las tarjetas de crédito corporativas de esta sociedad anónima mayoritariamente estatal. Gastos en discotecas en Madrid, compras en free-shops por valores absurdos, erogaciones en una playa de Valencia, y cuantiosas extracciones de dinero en efectivo absolutamente inconcebibles se pusieron en conocimiento del público en general.
¿Habrá sido una maniobra del jefe de Gabinete dejar trascender esos movimientos ridículamente corruptos para desviar el foco de la atención de su persona?
No lo sé, pero lo que sí quedó en claro es que no tuvo el efecto deseado. La declaración testimonial en sede judicial del constructor encargado de las lujosas refacciones de su casa de fin de semana volvieron a atraer sobre el maltrecho personaje de esta historia de enredos, las iras de la gente.
Pase lo que pase de aquí en adelante el daño está hecho. La corrupción defendida con uñas y dientes, con el primer mandatario a la cabeza, ha destruido el relato y lo ha hecho explotar en mil pedazos.
No son honestos ni vinieron a destrozar los privilegios de la casta. Son sistemáticamente deshonestos y vinieron a construir una nueva casta sobre las cenizas fundacionales de la anterior, renovados y hambrientos de riquezas mal habidas.
El peso de estos sucesos les cae con la fuerza directamente proporcional al alarde de transparencia que hicieron en todo momento y ocasión. Se atribuye a San Gregorio Magno el adagio latino que dice “corruptio optimi pessima est”, o sea que la corrupción de los presuntamente mejores es pésima, o sea la peor de las corruptelas.
La explosión que Adorni ha causado tiene un efecto expansivo muy malo, con consecuencias económicas negativas. En eso tiene algo de razón Caputo, cuando dice que las tensiones políticas repercuten desfavorablemente en los procesos económicos. Pero no es el riesgo “cuca” el que acicatea las tensiones. Es el propio oficialismo empeñado en autoinfligirse daños, envueltos en espantosas internas políticas que son con seguridad el origen de las filtraciones más complicadas en su contra. Y todo el vendaval se desata en medio de una recesión importante, y con una inflación en alza durante diez meses consecutivos. El mal humor social es grande y tiene fundamentos objetivos fáciles de visualizar.
No soy augur y no puedo pronosticar si esta explosión es el indicador del fin de las expectativas de reelección de Milei… en política todo es posible, lo que sí me animo a pronosticar es el fin del romance idílico del personaje con un número importante de sus votantes hoy desilusionados.
Pero mientras el gobierno explota, la sociedad implosiona.
La implosión es cuando un objeto colapsa y se derrumba sobre sí mismo como una consecuencia necesaria de no poder resistir la presión externa a la que es sometido.
A diferencia de otras crisis sociales cuando la furia desatada de las masas se apoderaba de las calles, lo que constituía una explosión social fácilmente apreciable, en el caso actual hay un proceso de agonía desesperanzada que ha carcomido los cimientos del edificio social haciéndolo implosionar silenciosamente, con mucho dolor y dejando cicatrices duraderas muy difíciles de sanar.
El argentino se ha sometido mansamente a una desarticulación de la gestión pública. Este gobierno tiene la decisión inquebrantable de no gestionar. Es el convencimiento dogmático que tienen sus integrantes de que los mercados acomodarán todo como por arte de magia. Hay una especie de desprecio por las funciones del estado, que no solo ha sido desfinanciado en sus materias más específicas, sino que se lo ha desmantelado en sus funciones de control.
¡Ni el sistema meteorológico nacional se salva de la impronta destructiva de los libertarios!
Las rutas están totalmente abandonadas, la obra pública convertida en mala palabra, los jubilados y asalariados han perdido capacidad adquisitiva, la salud y la educación pública desfinanciadas agonizan, y lo único que funciona en este gobierno, y a toda velocidad, es el endeudamiento externo y la utilización del dólar como ancla antiinflacionaria a despecho de la competitividad de nuestra economía.
Pero el factor desencadenante de esa implosión que ya se percibe, es lo que se denomina “la pérdida del ingreso disponible de la clase media argentina”.
El ingreso disponible es la cantidad de dinero que se puede gastar en consumo, ahorro o inversión, una vez deducidos los costos fijos.
Durante el gobierno de Milei el transporte tuvo incrementos superiores al 900%, el Gas natural, del 766%, la energía eléctrica por arriba del 300%, las prepagas el 417%, y la canasta de medicamentos del PAMI un 394,2%, por citar solo algunos ítems.
Todos estos gastos son imprescindibles y conforman la estructura de costos fijos de una familia promedio. Obviamente la gran mayoría de las familias argentinas, en especial las de la clase media, no han tenido incrementos de sus ingresos que se acerquen para nada a estos monstruosos porcentajes. Esto implica que el dinero que los hogares medios destinan al pago de las erogaciones fijas es un porcentaje cada vez mayor de sus salarios, por lo que el diferencial disponible para invertir o ahorrar o simplemente consumir, se ha disminuido ferozmente.
Y este es el indicio que mueve la economía nacional. Por eso hasta las importaciones han empezado a caer en su volumen. Por algo tan simple como esto: Los consumidores, salvo los sectores más altos de la sociedad, (que además pueden consumir en el exterior), el resto de la clase media está viendo como día tras día su nivel de vida se cae de a poquito, pero inexorablemente.
No hay explosión social, porque, a pesar del discurso, el gobierno nacional sigue gastando exponencialmente en programas sociales destinados a la cobertura de los segmentos de los sectores bajos, pero en el seno de la clase media, la pérdida de trabajo y la recomposición de su estructura de gastos son elementos que están contribuyendo a esta implosión silenciosa que se va fagocitando pymes y pequeños comercios con prisa y sin pausas.
Adorni es una anécdota menor, un episodio triste y penoso que pone de manifiesto aspectos lamentables de una conducción política contradictoria y volátil. Despiden impiadosamente a un funcionario por haber omitido bienes en su declaración jurada, adquiridos previamente a su ingreso a la función pública, y sostienen hasta desgañitarse en su adhesión a un personaje que se ha enriquecido obscenamente en apenas un par de años de ejercicio del poder.
Pero estas incongruencias, que hay que señalar, no son lo trascendente. Lo verdaderamente grave es que cada vez hay más argentinos que tienen menos ingresos disponibles, y que esa reducción redunda en pérdida de capacidad de inversión, ahorro y consumo, que son los motores imprescindibles de todo proceso económico.
Quiera Dios que la explosión sirva para corregir conductas y rectificar rumbos, y quiera aún más que se detenga este proceso agudo de implosión social que tanto daño está causando. Lamentablemente este anhelo se topa de frente con un gobierno que se niega obcecadamente a percibir una realidad que los está aplastando.
San Miguel de Tucumán, Mayo 05 del 2026
Sisto Terán Nougués
Artículo publicado originalmente en sistoteran.substack.com.
Sisto Terán
Tucumano. Abogado. Político. Escritor. Fue vicegobernador de Tucumán, legislador, director de la Casa de Tucumán en Buenos Aires, entre otros cargos públicos. Ha publicado los libros "Cartas a mi hijo que está por nacer" (1999), “Yo no creo en la muerte” (2009), "Camino de Santiago" (2000) y "Hitler, un pecado Colectivo" (2023). Pueden leer sus últimos escritos en sistoteran.substack.com.








